Texto que Imanol Zubero preparó para las Jornadas de OSALDE — Asociación por el Derecho a la Salud en Euskadi, celebradas el 24 de octubre de 2026.

Idea central: la salud se juega, en buena medida, fuera de los centros sanitarios, en las condiciones materiales y sociales en las que transcurre nuestra vida cotidiana. Por eso, democratizar la salud exige actuar sobre esas condiciones y reconocer a las personas y comunidades afectadas como protagonistas de su transformación.
1. ¿Dónde empieza la salud?
Imaginemos a una persona mayor que vive sola en un cuarto piso sin ascensor, con una pensión baja, dificultades para mantener la vivienda caliente y una movilidad cada vez más reducida. Tiene tarjeta sanitaria, centro de salud, médico de familia y acceso a medicamentos. Pero su salud depende también de si puede bajar a la calle, hacer la compra, encontrarse con otras personas, alimentarse adecuadamente y recibir ayuda cuando la necesita.
El sistema sanitario puede atender algunas de sus enfermedades. Difícilmente podrá resolver, por sí solo, las condiciones que las agravan.
¿De qué sirve garantizar formalmente el derecho a la asistencia sanitaria si dejamos que las condiciones de vida deterioren continuamente la salud de las personas?
Hablar de democratización de la salud exige hablar de vivienda, renta, urbanismo, servicios sociales, relaciones comunitarias y participación.
2. La desigualdad social se convierte en desigualdad de salud
Las condiciones laborales, los ingresos, la vivienda, el nivel educativo, el género, el origen migratorio o la existencia de redes de apoyo condicionan la exposición a la enfermedad y las posibilidades de recuperación.
· Euskadi, 2024 20,6 % Población en riesgo de pobreza o exclusión social (AROPE)
· Euskadi, 2024 17,8 % Población en riesgo de pobreza monetaria
· Euskadi, 2024 6,7 % Población en situación de privación material
(Fuente: EAPN Euskadi, resumen de los indicadores de la EPDS 2024, publicado en abril de 2026).
El dato más significativo es que el indicador AROPE ha aumentado del 19,5 % en 2022 al 20,6 % en 2024. La privación material ha pasado del 4,7 % al 6,7 %, mientras que la baja intensidad laboral apenas ha variado, del 7,8 % al 7,9 %.
Esto permite introducir una reflexión importante: la mejora relativa del empleo no garantiza, por sí sola, una mejora de las condiciones materiales de vida.
También disponemos de un contraste interesante. Según Eustat, en 2024 la esperanza de vida en Euskadi alcanzó los 81,7 años para los hombres y los 87 para las mujeres, cifras superiores a las medias europeas. El mismo informe señala, sin embargo, un deterioro de la percepción de buena salud en los últimos cinco años.
Es decir, podemos mejorar en longevidad y mantener problemas importantes de desigualdad y bienestar.
Para mostrar cómo se distribuyen esas desigualdades dentro de Euskadi, la Encuesta de Salud 2023 permite consultar indicadores de salud por grupo socioeconómico, nivel de estudios, sexo y territorio histórico. Es la fuente oficial adecuada para documentar el gradiente social de salud, aunque sus datos corresponden a 2023.
Euskadi tiene una esperanza de vida elevada y un sistema sanitario desarrollado. Pero una quinta parte de su población continúa en riesgo de pobreza o exclusión. Las buenas medias sanitarias no deberían ocultarnos las desigualdades que existen dentro de nuestra sociedad.
Conviene subrayar tres cuestiones:
- La desigualdad no afecta únicamente al acceso a los servicios sanitarios. Afecta a las condiciones de vida que producen salud o enfermedad.
- Las desigualdades se acumulan. Una persona con empleo precario puede tener también dificultades de vivienda, inseguridad económica y escasas posibilidades de descanso.
- El sufrimiento que resulta de estas situaciones termina apareciendo en las consultas médicas, aunque su origen se encuentre fuera de ellas.
¿Cuánto de lo que atendemos como enfermedad es el resultado de condiciones sociales que podríamos modificar?
3. El agotamiento del Estado del bienestar: cuando atender no basta
El problema no se reduce a la insuficiencia de recursos, aunque estos sean fundamentales. También importa cómo organizamos la respuesta institucional al sufrimiento.
El diagnóstico puede apoyarse en datos oficiales que muestran tanto la fortaleza del sistema como las presiones que soporta.
La presión sobre la atención primaria: 70 % de las consultas de atención primaria están relacionadas con la cronicidad y la pluripatología, según la memoria explicativa de los presupuestos sanitarios de Euskadi para 2026. Este dato es relevante porque la atención de enfermedades crónicas exige continuidad, seguimiento, cuidados y coordinación con otros servicios.
Además, los datos de salud mental indican un aumento de los síntomas de ansiedad y depresión entre 2018 y 2023 à Síntomas de ansiedad y depresión en Euskadi. Porcentaje de población, por sexo. Encuesta de Salud 2018 y 2023:
· Mujeres: 16,4 % (2018) à 26,5 % (2023)
· Hombres: 9,6 % (2018) à 17,7 % (2023)
(Fuente: Eustat, Panorama de la Salud 2025).
Entre las mujeres, la prevalencia alcanzó el 26,5 % en 2023; entre los hombres, el 17,7 %. No son diagnósticos clínicos de trastorno mental, sino indicadores de síntomas de ansiedad y depresión.
La atención primaria atiende una demanda creciente de enfermedades crónicas y sufrimiento psicológico. Necesita más capacidad y mejores condiciones de trabajo, pero también que otras políticas públicas actúen sobre los problemas que llegan a sus consultas. El propio Pacto Vasco de Salud reconoce la importancia de la equidad y la orientación comunitaria. La cuestión es cómo convertir esos principios en prácticas y recursos concretos.
Evitaría presentar el agotamiento del Estado del bienestar como un hecho consumado. Es más preciso hablar de los límites de un modelo que intenta compensar individualmente desigualdades que se siguen produciendo estructuralmente.
Pensemos en una mujer que recibe atención sanitaria por ansiedad, tratamiento farmacológico y seguimiento profesional, mientras continúa viviendo bajo la amenaza de un desahucio o de la violencia machista en el seno de la pareja. La intervención médica puede ser necesaria y beneficiosa, pero las condiciones que alimentan su sufrimiento permanecen.
Lo mismo ocurre con las personas mayores que sufren soledad, con quienes no pueden mantener una alimentación adecuada o con las familias que viven en viviendas insalubres.